El sermón

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Mi vida de sermón comenzó a fraguarse en el escritorio de fray Guillermo Botta; dominico y predicador preclaro. Durante días enteros consultó el evangelio. Palabra a palabra dio forma a mi cuerpo.

El celoso dominico, mientras me escribía, imaginaba a los sencillos campesinos de la parroquia de Butigliera de Asti, pueblecito enclavado en las suaves colinas del Piamonte. Cuando descubrí que yo no era un sermón cualquiera, sino que estaba destinado a brillar con luz propia en la misión del año Jubilar, me llené de orgullo.

Por fin llegó el día. Era una tarde de abril. Los campesinos se habían congregado en la iglesia. Un rancio olor a cera quemada impregnaba el templo. El predicador subió al púlpito. Comenzó la disertación. Impulsado por su voz potente, comencé a llenar todos los rincones de la iglesia.

Minutos después se derrumbaron mis sueños de grandeza. Varios campesinos dormitaban al no entender las palabras del predicador. Otros, ajenos a mí, elaboraban una lista de pecados para realizar una buena confesión y eludir las penas del infierno… Algunas mujeres devotas musitaban el santo rosario.

Cuando comenzaba a sentirme decepcionado, llamó mi atención un niño de unos diez años. Desde la altura del púlpito observé su pelo recio y ensortijado… Sus ojos despiertos y atentos se cruzaron con los míos. Me cautivó. Hallé en él la tierra buena que buscaba. Me olvidé del olor a cera, de los campesinos que dormitaban, de las beatas que farfullaban oraciones… y me esforcé por llenar la vida de aquel crío. Le hablé de la misericordia de Dios; de la alegría de vivir; de la sonrisa que abre caminos al encuentro; de la bondad… Y él me escuchó para siempre.

Han transcurrido muchos años. Aquel niño es hoy sacerdote en la ciudad de Turín. Anuncia caminos nuevos a los jóvenes para que lleguen a ser “honrados ciudadanos y buenos cristianos”.

Me cabe el honor de haber sido el primer sermón que escuchó. Desde aquella tarde nunca nos hemos separado. He crecido en los labios de Don Bosco. Él me ha enseñado a ser sermón que provoca sonrisas; que capta la atención; que hunde sus raíces en la vida diaria y que anuncia la misericordia infinita de un Dios que es Padre. Con él he llegado a ser algo más que un sermón. Sus palabras me han convertido en “la sonrisa joven de Dios”.

Nota: El papa León XII declaró 1825 como año Jubilar. El pequeño Juan Bosco asistió a las predicaciones de la misión organizada con motivo de este evento. Aquí se encontró a don Calosso, sacerdote que le acompañó en los inicios de su vocación sacerdotal (Memorias del Oratorio. Década Primera, nº 2).

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