MIS “SANTOS INOCENTES”

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UNA SOCIEDAD, UN PAÍS, UN TIEMPO

No he sabido vivir.

No sé todavía.

Todo o casi todo lo he visto desde la muerte.

A los seis años, ayudando como monago a mi tío cura, vi morir a Doña Soledad en Casbas de Huesca. La dama más influyente de la Hoya de Huesca. Por entonces asistí a algún funeral, de madrugada, en la iglesia conventual de las bernardas de la Virgen de Gloria. Algún maquis tiroteado por la Sierra de Guara.

Ya en Lavapiés, mi barrio, acompañando a Julito, mi vecino del tercero derecha, en la muerte por accidente de su padre. Era maquinista de tren. Se segó la cabeza al atravesar un túnel, mientras alimentaba de carbón el horno. Teníamos siete años.

Yo escribo un libro de historia o de ensayo, como Belmonte toreaba.

Con la muerte detrás.

Para Marx trabajar es producir.

Para Mao trabajar es producir.

Para mi padre Román trabajar era producir. Por eso me colocó con diez años en “Ultramarinos Bolívar”, en la calle Bolívar. “Cuentas, cuentas. Déjate de historias y libros. ¡Cuentas! Aprendiz de tendero y adelante”.

Para mi madre Nieves, maestra nacional en Granada, alumna de las Escuelas del Avemaría del Padre Manjón, trabajar no era producir, trabajar era conseguir, era hacer de cada acción un reto, era hacer de cada reto un suicidio, era hacer de cada suicidio una fiesta.

Los dos vivieron la guerra en Madrid.

Los dos vivieron la posguerra en Madrid.

Los dos se consideraron demasiado frágiles para desenvolverse en ese mundo atacado por las fieras, en una sociedad de traiciones de chivatazos, de engaños, de chanchullos, de fiestas de fango totalitario. Considerados unos figurantes más sin bocata en la verbena del “Estado social y católico”. Como la mayoría.

A los dos les fatigaba el lodazal –en euskera loyola– de la política, por el espectáculo desolador de bajar la testuz con resignación y obediencia, dos conceptos altamente invalidantes de esta vida. Como hoy. Nada nuevo bajo el sol.

Mi padre se identificó con los perdedores.

Mi madre se identificó con los rechazados.

Mi padre buscaba el resentimiento.

Mi madre buscaba lo eterno.

Árbol adentro, aceras adentro, escaleras adentro, casa adentro, carne adentro, mi madre Nieves, zarza ardiente, iba siempre, aunque nadie pudiera devolverle el esplendor de Granada, con su Virgen de las Angustias, para vivir las bienaventuranzas de Jesús, instalándonos a sus hijos en la sala de máquinas del cristianismo, donde todo tiene sentido y porqué.

En los años cincuenta encarnó una de las formas del feminismo en Madrid. Fue reivindicar una forma de estar y de vivir. Y eso era valiente. No cedió a casi nada. Soportó vientos de cara y silencios largos de mi padre, de mi tío Quili, de mi tío Antonio y de algún vecino. Lo que descubría o confirmaba a una mujer y madre de rotunda coherencia.

La mejor brújula para entender a mi madre, y entender a las madres españolas de posguerra –muchas–, es echar la vista hacia algunos rincones de nuestra fe católica, donde siempre es más ancha la realidad que el canon.

Nada, nada había que sustituyera al perímetro de una “primera comunión”, al trance, a la preparación, a la invocación, a la primera confesión, a la vestimenta, a los acompañantes, a ese entusiasmo, esa iluminación y transfiguración, ese cuadro de tarantismo, esa picadura de araña que te obligaba a un movimiento perpetuo.

Se fijan “las comuniones” en Salesianos Atocha para el 21 de mayo.

El galope cimarrón de los días avanza inexorablemente.

Y en mi “primera comunión” cabe una sociedad, y un país, y un tiempo. Todos los “Santos Inocentes” de mi barrio. Toda esa potencia de los que están fuera de horma, –tantos–. Todo retrato de una potencia estremecedora, con una vibración distinta, con una desgarradura intensa en quien se acerque a mirar.

Sin quererlo ni pensarlo encontré un sitio propio en la infancia. Los zarpazos de la biografía ya me salen al paso con la exploración del alma de mis acompañantes.

Entro pues en la historia de la comunión, la primera.

Es un destello de intimidad.

Me acompañan diez personas, incluido mi hermano Romanín.

Excepto él, con seis años, todas son mujeres: Mama Nieves, Mama Nona, la señorita Asunción Alarcón y de la Lastra, la señora Felixa, la señora Paca, la señora Maruja, mi tía Lucía, la señora Aurora y Pilar la hija mayor de Don Hipólito García.

Nos recibe en la Iglesia de María Auxiliadora, don Luis Rubuano, el salesiano italiano, más cariñoso que yo he conocido. Él confiaba en su edad, blanqueada en las sienes y en la barba que deja crecer. Y nosotros también.

Nos sitúa en los dos primeros bancos, perpendiculares a la hornacina de San José. Y se marcha a la sacristía para revestirse.

Don Luis Rubuano sabe soplar unos silbidos de garganta, que no son de pastor ni de caramillo, son silbidos de mar.

Don Luis es de Sicilia, la bella. “Sicilia bedda”.

Está acostumbrado a nuestras palabras al viento, nos las roba de la boca en el patio del Oratorio y a él no le dejan que le salgan del todo.

Empieza la misa. Le ayudan como monagos los mellizos Esteve.

A mi derecha, Mamá Nieves, mi madre.

Mamá Nieves era “contra avaricia, largueza”; “contra ira, templanza”; “ímpetu religioso y bienaventuranzas”; “fe católica como lugar de residencia”; “órbita de amor a la Virgen, sobre todo de las Angustias”; “se llega más lejos dando, que pidiendo, hijo”.

A mi izquierda, Mamá Nona, mi abuela.

Mamá Nona era audacia ingobernable, exploradora de la vida a tope, tapicera de vocación y oficio en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, pasión y desgarro de artista en zarzuelas y revistillas de barrio y de ensayo, “donde vayas, lleva algo, hijo”.

Entre mi madre y mi abuela, mi hermano Romanín.

Seis años, es papel, no se está quieto.

Lo quería tanto como a mí mismo.

Abre y cierra puertas, que nadie abre y cierre después.

Yo soñaba para él un futuro único y estelar.

La muerte de mi madre vació su vida para siempre.

Don Luis Rubuano, va a empezar la homilía:

“Entre lo imposible y lo insólito de la vida, este pan Cuerpo del Señor Jesús sacramentado, que vais a recibir por primera vez, es el culmen de la ‘amistad’ con Dios”.

Luego se trata de amistad, me decía yo a mí mismo.

“Lo cierto de todo esto, hijo, es lo que no se ve.

Lo que importa de este asunto es lo que oculta (como en todo).

Dios está aquí –física, real, anímica, sacramentalmente–, hijo” –observaba mi madre.

Desde entonces mantengo la idea de que Nuestro Señor aloja el mejor suero social y personal en la eucaristía.

Cantamos “a grito pelao” el “Cantemos al Amor de los amores”, himno oficial del Congreso Internacional Eucarístico de Madrid de 1910.

Desde el Oratorio de Don Luis Rubuano y de los estudiantes de teología Blas Calejero, Benigno Castejón y Santiago Martínez, hemos empezado a comprender que aquí no se reza para buscar paz interior. De hecho, con el correr de mis años –ya 82– la paz interior no existe. Es la guerra interior lo que nos enriquece y nos depura. Desde el bautismo.

Quiero glosar antes de salir de nuestra iglesia, las personas que empujaron “mi primera comunión”, mis “Santos Inocentes”. Una sociedad, un país, un tiempo.

Señorita Asunción:

Mi madrina de bautizo en la Beata María Ana de Jesús, en Legazpi.

Mi madrina de ordenación sacerdotal en Salamanca, 1968.

El referente de Granada y de Dña. Casilda Jiménez, viuda de Echevarría, durante mi infancia y en mis cavilaciones de cura romano.

Sólo una sucesión de irregularidades mecen mi comunión. Ahí van: la señora Felixa, “la miliciana” (“De esa no se habla”, decían las vecinas); la señora Paca (la vecina de al lado, la única que se atrevió a sacarme la solitaria en casa. Dios se lo pague); la señora Maruja (viuda y sola; nos quería a mi hermano y a mí como a hijos); tía Lucía (siempre tenía onzas de chocolate de verdad para sus sobrinos; decía que, después de la guerra, no creía en nada, sólo en la Virgen de los salesianos); la señora Aurora (amiga de mamá desde Granada, que siempre aparecía a la hora de cenar por casualidad. Me dijo que se hizo protestante y yo la eché de mi casa por “hereje”) y la señora Pilar (locutora de RNE, e hija de Don Hipólito García, jefe del Movimiento de no sé dónde).

El 21 de mayo de 1950 mamá invitó por la tarde a chocolatada en casa a todos los vecinos y así les repartió la estampa de María Auxiliadora. Por un día fui el universo, depositario de todos los prodigios “vestido de marinero”, traje propiciado por la señorita Asunción Alarcón y de La Lastra.

Caímos rendidos mi hermano y yo en la cama al final de día. Mamá Nona nos bailó un chotis en camisón, con “su gracia postinera”.

Se extiende la noche ya de calor clandestino. Es la cuchilla que enciende las manos de ese calor que envuelve a la memoria en mayo.

Vagamos ya sin mucho sentido por los adentros del sueño, cuando papá llega de trabajar. Nos propina dos besos y me pone en la almohada una caja de acuarelas.

– “Papá, te eché de menos todo el día”.

– Yo también a vosotros.

Árbol adentro, aceras adentro, escaleras adentro, casa adentro, carne adentro, mi padre Román, zarza ardiente, iba siempre en bicicleta al trabajo y por Madrid, al ojeo del estraperlo, de la inquietud, de los perdedores, aunque nadie pudiera devolverle solvencia y aciertos con los encarcelados. Había una España a la que no se le hinchaba la vena del cuello cuando hablaba, instalándonos a sus hijos en la higiene del trabajo y la convivencia.

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